Vallejo el eterno, el tierno, el visceral es escuchado por Luis Ospina. Ospina lo recorre, lo rueda, lo revive (hasta en su propia familia). Vallejo escupe, resuena en el teatro y su voz huye entre las sillas para que muchos la atajen y jueguen con ella. Y siempre jugamos con ella, nos divertimos con sus insultos y secretamente queremos más. Que haga algo frente a la cámara de Don Luis, que insulte a otro más, que escriba otra carta, que le lave los dientes al perro, pero que no se le acabe el fuego.
No sólo está en los libros (que pocos conocen o leen) ni en los discursos anuales que ahora atiborran auditorios; está también en la grandiosa “Desazón suprema” con sus miradas de viejo triste, calmado y delicado. Ahí queda Vallejo, entre los cortes a negro y las letras blancas del montaje fluido y musical de Rubén Mendoza (La sociedad del semáforo) y la voz acompasada del otro socio de Don Luis, el profe Sandro Romero.
Vallejo está "de moda", Vallejo el superstar, dice Sandro, Seguirá rondando auditorios y cineclubes porque la cuerda no se le ha acabado así él diga lo contrario.
