lunes, 11 de julio de 2011

LOS TALIBANES DEL ARTE


LOS TALIBANES DEL ARTE

Con estas decisiones se demuestra una vez más la incompetencia de quien “lidera” los supuestos procesos culturales de nuestra ciudad. ¿En manos de quién reposan las decisiones en materia de arte y cultura? ¡Con esta salida en falso podemos encontrar la razón del problema!

Por: Santiago Pérez J.


Recuerdo bien como la televisión transmitía imágenes de las antiguas esculturas budistas siendo dinamitadas por la milicia afgana. Esculturas de 1500 años de antigüedad se hicieron polvo a nombre de los estrictos principios religiosos de los talibanes. Inmediatamente, vienen también a mi memoria cientos de atropellos a nombre de la moral y las buenas costumbres de distintos dictadores tropicales, regímenes y estados totalitarios que veían en las manifestaciones artísticas claros obstáculos ante la “honorable” empresa de controlar los ciudadanos y evitar así, repentinos ataques de conciencia crítica despertados por la literatura, las artes plásticas, el teatro o la música.

La historia, plagada de incansables predicadores contra la vulgaridad, el lujo, los excesos y las insinuaciones diabólicas del arte, nos recuerda las peligrosas consecuencias de una sociedad reprimida, moralista y enajenada hasta de su propia realidad. Desde el aplicado religioso Savonarola y la “hoguera de las vanidades” durante el renacimiento, pasando por los nazis y la quema de literatura judía como solución alternativa contra el invierno germano, hasta las cláusulas estrictas para la creación artística en la unión soviética; son ejemplos más que elocuentes de esa relación perniciosa entre el estado, la censura y los dogmas.

Sin embargo, imaginar que esta defensa de las "buenas costumbres" pueda darse en pleno siglo XXI y que sea un argumento de la funcionaria encargada de velar por el desarrollo artístico y cultural de nuestra ciudad, era la cereza que faltaba para decorar el postre. Cuatro años de desaciertos e intervenciones desafortunadas tienen hoy como cierre eximio el siguiente hecho: El desmonte y el posterior “almacenamiento” a la intemperie de un carboncillo (un desnudo para más señas), donado hace más de dieciséis años por el maestro Darío Jiménez (tío por línea materna de quien esto escribe) y que según la funcionaria, estaba guardado pues la imagen de la desnudez femenina “impresionaba” a niños y molestaba a padres de familia.

El cuadro en mención tuvo que ser rescatado de los desechos por el propio artista D. Jiménez, después de que un profesor de la Escuela de Artes en un ataque de escrúpulos y asepsia, digno de Howard Hughes, sacara del salón de artes la basura (“Basura” que supuestamente él mismo enseña y no reconoce entre los materiales de desecho). A pesar de las disculpas ofrecidas a posteriori por la funcionaria “a cargo”, ésta remató sus explicaciones con la ya mencionada excusa mojigata.

Siendo así, bajo este principio deberíamos entonces iniciar una cruzada a la vieja usanza medieval, para retirar de museos, galerías, salas y plazas públicas “objetos” que supuestamente van en contra de la inocencia y de la infancia como la Venus de Milo y sus turgencias marmóreas o bien, retirar la abundante anatomía de Botero de los parques de las grandes ciudades del mundo por despertar bajas pasiones entre los transeúntes.

Incluso y sin llegar a ser atrevidos, creo que la señora en mención debería invertir el amplio presupuesto de la cultura de Chía, para retirar de las paredes de los hogares de la ciudad de la luna cualquier afiche o representación indecorosa del ser humano (cual talibán), so pena de ser puesto en el cadalso por atentar contra la ética y el decoro. Podría adelantar no sólo una causa moralista sino también religiosa en donde se eliminen las obscenas figuras humanas que adornan las iglesias. Es más, creo que debería ir más allá y eliminar de un plumazo las minifaldas, los escotes y las tangas narizonas pues son evidentemente una afrenta contra el candor y el recato que todo buen hijo de vecino debería tener al salir a la calle. Me la imagino pensando que en pleno siglo diecioch… veintiuno, existan personas sinvergüenzas que no respeten la urbanidad de Carreño. Creo que dichas acciones podrían generar nuevos adeptos a su ya maltrecha causa cultural y al fin liderar un proceso (que aunque un tanto fascista), movilizaría a un buen número de fanáticos puesto que a través de la dirección de cultura le fue imposible desarrollar una iniciativa sólida sobre políticas y eventos culturales.

Dobles morales, melindres y cursilerías dignas de ese “Discreto encanto de la burguesía” que plasmó con maestría Buñuel. Personajes raídos, acartonados que viven de las apariencias y los remilgos, pero que de puertas hacia adentro son más vulgares que el resto de los mortales.

Entrar a discutir acerca de las implicaciones legales que dicha acción dolosa sobre un bien patrimonial de la Casa de la Cultura pueda tener, es algo que pertenece a un terreno que desconozco. Lo que sí es digno de reflexión, es el argumento que esta directora cultural plantea para justificar el desmonte de la obra y su posterior abandono con carácter negligente de un bien patrimonial (No me quiero imaginar lo que puede pasar con las creaciones de otros donantes, profesores y alumnos). Sin descartar además, la actitud de un docente que no reconoce el valor de una obra de arte que antes de ser echada a la basura, debió despertar, en una persona experta y conocedora, el más mínimo sentido de conservación y respeto por el trabajo artístico ajeno ¿Dónde se encontraba la directora de cultura de Chía? ¿Quién está atento a lo que hacen los contratistas con los bienes públicos? ¿Nadie sopesa los arrebatos de limpieza de los contratistas?

Es inaceptable que un funcionario público (director o docente) omita, descuide, se escandalice y censure la difusión de una obra de arte por el simple hecho de representar la desnudez humana. Si la casa de la cultura de Chía no puede justificar desde lo estético y lo humano una creación artística a cualquier espectador (sea niño, joven o adulto), está haciendo las cosas mal, muy mal. Desde esta misma institución debe fortalecerse un proceso de formación de públicos que permita evitar precisamente lo que la funcionaria aduce como argumento; y en consecuencia, que no se censuren las obras y los artistas que tanto aportan al desarrollo de una sociedad como la nuestra plagada de inequidades y que tiene como gran referente educativo a la televisión. Muchas personas preferimos deleitarnos con la figura humana en una obra de arte que con la agresiva publicidad, que sin pedagogía y atención real de las instituciones gubernamentales, despierta referentes estéticos muchos más perjudiciales para un infante. Si se lograra liderar una educación artística seria y permanente dirigida al público que ve las obras de arte, lograríamos evitar comportamientos atroces y del puritanismo más medieval.

El arte es una forma de interpretar al mundo que abre las puertas a la creatividad, a la imaginación y a la conciencia crítica ¿Por qué debe censurarse? ¿Por qué debe botarse a la basura? Es increíble que desde la misma dirección de una entidad que en teoría debería velar por el desarrollo y el apoyo a los artistas locales, se termine descalificando un trabajo artístico por el simple hecho de develar el “misterio” de la desnudez. Con estas decisiones se demuestra una vez más la incompetencia de quien “lidera” los supuestos procesos culturales de nuestra ciudad. ¿En manos de quién reposan las decisiones en materia de arte y cultura? ¡Con esta salida en falso podemos encontrar la razón del problema!

Finalmente, espero que la obra nunca regrese a una entidad que menosprecia las manifestaciones culturales y las libertades implícitas en una verdadera creación artística haciendo las veces de censores talibanes. Ansío también que la doctora Canal y los supuestos visitantes “alarmados” de la Casa de la Cultura no vuelvan a ser víctimas indefensas de provocaciones lascivas a causa de un carboncillo, una trusa de ballet, un texto de Bukowski o una melodía de Alan Jara… Quizás el desarrollo de su personalidad podría verse en riesgo inminente.




martes, 28 de junio de 2011

PROGRAMACIÓN JULIO - AGOSTO 2011

Amigos del buen cine,

Nos vemos este y todos los JUEVES en el Restaurante Bar y Galería "LAS PUERTAS" para dar inicio a esta muestra de cine latinoamericano.

Recuerden, nos vemos desde las 6 PM con un video concierto y luego la película indicada en la programación - ENTRADA LIBRE Y GRATUITA

NOTA: El nuevo ciclo de Cine Latinoamericano inicia el día JUEVES 14 DE JULIO.


(Pueden compartir esta información con los iconos de abajo)



martes, 31 de mayo de 2011

RESPUESTA A LOS ORGANIZADORES DEL FESTIVAL DE POESÍA EN CHÍA

Santiago Pérez J.

Agradezco la deferencia que ha tenido la Corporación “Aquí nos vemos” con el suscrito, al responder el texto publicado en el blog del Cine Club los Ojos y que a la fecha es materia de debate entre algunos gestores culturales y artistas locales.Haciendo de lado los errores ortográficos y sintácticos presentes en el comentario-respuesta, me permito precisar e incluso plantear, nuevos interrogantes motivados por su posición oficial como organizadores del evento.

En primer lugar, se nos acusa a muchos de los que participamos con comentarios escritos en facebook o en el blog, de tener ciertas “taras”. Tomaré esta expresión como una voz de fino humor al mejor estilo de los poetas del siglo de oro. Espero estar en lo cierto; si no lo es, considero bastante ofensivo de vuestra parte, aducir que quienes escribimos bajo el ejercicio de nuestra libertad individual tenemos problemas físicos o psíquicos importantes. Esta expresión es una clara alusión a la hernia discal y a la rinitis alérgica que me aqueja a primeras horas de la mañana y que no estoy dispuesto a permitir. De igual manera, le solicito que no cuestione el tratamiento psiquiátrico que con gentileza me recomendó una y otra vez la Subsecretaria encargada que apoyó su festival poético. Están entrando al terreno de los ataques personales y eso no lo puedo permitir.

También ustedes me indican que debo repensar mi condición de colaborador y debería tener más solidaridad con el gremio de artistas de Chía. Sinceramente, ese sentido de colaboración y solidaridad ya había sido despertado en mí al ver el emotivo filme “El niño y el papa”. Gracias a esta ejemplarizante pieza de la filmografía nacional pude armarme de valor para escribir un constructivo aporte para “festivales” futuros en solidaridad con ustedes, prohombres de las letras. Si se refieren al video beam que no pude alquilarles, siento mucho que dicho alquiler fuera tan decisivo en la logística del festival. Estaré dispuesto a prestarlo, incluso de forma gratuita, cuando me avisen con un poco más de tiempo (¡No la noche anterior al evento!).

No creo que hayan necesitado mayor “solidaridad” de mi parte, pues si el evento contó con el apoyo irrestricto de la Casa de la Cultura, debió incluir una suma muy atractiva para invertirla en el festival. Por todos es sabido que dicha entidad es un bastión de la democracia y la objetividad en sus procesos de selección, ella debía ser prenda de garantía para el éxito de su bienintencionada actividad.

Si no hubo el dinero suficiente, entonces por qué insisten en proponerle actividades a esta entidad y a esa funcionaria, que como ustedes lo dicen “no sabe nada”. Son varios los problemas de nuestro gremio, tienen toda la razón cuando subrayan que debería ser unido, pero más allá de una solidaridad enceguecida por las pasiones que despierta nuestro oficio, los artistas deben propender también al rigor, la organización y la transparencia.

Sin embargo, ocurre todo lo contrario. Cuando algunos tienen la oportunidad de recibir una delgada tajada del presupuesto (No sé si sea el caso de su festival), se decide actuar por cuenta propia, desconociendo antecedentes históricos laborales muy serios entre nuestros colegas. ¿A eso se refieren cuando hablan de “solidaridad”? Por el afán de hacer, desconocemos personas, procesos y actividades realmente independientes y enriquecedoras. Cuando se firma el convenio se olvida que se está pactando, no con una entidad que respeta y apoya los artistas locales sino con una funcionaria incompetente. Ella es la que en últimas “divide y vence” (como lo ha hecho durante estos años), pues les ofrece migajas presupuestales a los artistas y ellos en medio de su desesperación creativa, optan por aceptar migajas presupuestales de las que ella se cree ama y señora. No se tuvo en cuenta que la propuesta inicial fue abiertamente despedazada y no queda otra opción para el artista o grupo que hacer algo que se soñó muy altruista y que en la práctica terminó por ser otro espectáculo más de los tuvimos que padecer durante esta incoherente administración cultural.

¿Debemos seguir siendo solidarios y respetuosos con nuestros colegas?, ¿Ser solidarios con el oficio que nos garantiza una mejor calidad de vida? O ¿Ser cómplices solidarios con una persona que ha irrespetado permanentemente el arte y la cultura de Chía? ¿No ha sido esa señora la que ha dividido y reinado gracias a que los mismos artistas se prestan a negociaciones amañadas a puerta cerrada, a actos dignos de los reptiles más feroces y rastreros y a silencios cómplices para no perder el dinero de contratos? ¡Perdamos el miedo a sobrevivir del erario público, dediquémonos a crear libremente, con responsabilidad y oficio!

Por otro lado, no podemos seguir asumiendo el disenso como un ataque. Pero tampoco podemos seguir asumiendo nuestra profesión de una forma tan romántica, ingenua y visceral. Esto es un proyecto de vida tanto para ustedes como para el resto de personas que creen en el arte y la cultura. Hacer las cosas con el alma y el corazón representa el primer paso de nuestra condición de artistas aunque no el único. El apasionamiento puede llegar a enceguecernos, a pensar que nuestro trabajo por el hecho de estar bien intencionado ya es admirable y tiene que ser inmune a los cuestionamientos. Nada más errado que tomar mi texto como algo personal.

A propósito, ustedes apuntan en su comentario que existe de mi parte “un dejo de insatisfacción que me atrevería a pensar tiene un interés particular”. Permítanme aclarar ese atrevimiento: No poseo interés particular alguno más allá que llegue el 1 de enero y la Casa de la Cultura sea dirigida por alguien con cualidades intelectuales y humanas suficientes para aprender de las experiencias nefastas y edificar sobre las ruinas. De resto no me interesan los contratos sin autonomía, la típica excusa del “no hay presupuesto” o la ayuda altruista del burócrata que nos deja “mostrarnos” (Ver video abajo).

Mis intereses son profesionales y no dependen ni de un festival ni de un grupo de burócratas para realizarlos, día a día trabajo por ellos. Un interés particular ajeno a dichos principios éticos me llenaría de tedio y tendría obligatoriamente, que verme como un artista de carpetica y boina en mano, esperando recibir la bendición de un político para poder hacer algo. Eso sí, vale aclarar que siendo modesto y realista, mi currículo no alcanza a equipararse con los grandes referentes estéticos y artísticos del municipio como lo puede llegar a ser un dueño de restaurante, las esculturas del Parque Ospina y la mismísima subsecretaria de cultura que vivió “encartada” con el puesto y ahora está “encargada”.

Dejando de lado algunas ironías, el texto que escribí es una invitación a reconocer el valor social del artista y la manera cómo la comunidad se ve reflejada o busca en nosotros una respuesta a los problemas que la aquejan. No es un ataque frontal a mis colegas que sueñan con espacios válidos para realizarse profesionalmente. Tampoco es con palmaditas en la espalda o con apoyos anuales que se construyen procesos y se fortalece el arte. La “pelea” no es entre nosotros mismos, la “pelea” es CONTRA los otros que viven sólo llenándonos (o llenándose) de fantasías onanísticas con el arte y la cultura.

Este debate era precisamente la intención implícita en mi texto. La limosina, si se quiere, es un pretexto para cuestionar muchas de nuestras “buenas intenciones”, esos mensajes equivocados y el particular remoquete de “artista”. Es posible construir y fortalecer nuestro gremio cuando nos decimos las cosas y no cuando las sufrimos en silencio una tras otra. Ese mal llamado interés particular es el mismo de ustedes: que mi profesión sea respetada y bien pagada; no tomada a la ligera por instituciones y personajes para los que simplemente somos unos saltimbanquis que animan bautizos, primeras comuniones y fiestas de quince.

Colegas, asumamos nuestra profesión con altura y dignidad. Respetemos el oficio propio y el de los demás. Respetemos la historia, aprendamos de ella. Es necesaria la idea de construir entre todos políticas claras en materia de contratación, de organización y participación; pero que sea realmente entre todos y no, cuando la necesidad y el hambre nos obliguen a repensar el oficio y ya dicha reflexión sea demasiado tarde. No nos prestemos a ese juego de afectos, prestémonos realmente a un juego de saberes y acciones conjuntas que de verdad enriquecen nuestro gremio.

Bajo ese espíritu de construcción ydebate, los invito a que compartamos un delicioso café instantáneo, unas paces honestas y el éxito sincero en todas sus empresas. Discutamos abiertamente sin el temor de escuchar los errores y aciertos. Arriesguémonos a no depender de una institución que nos ha tratado como mendigos y pongámonos en el lugar que merecen nuestras obras y propuestas. Conversemos, escribamos y aportemos al debate (es la única vía para salir de este atolladero), no desde los afectos y la pasión pero sí con la fuerza de los argumentos que nos mueven seguir en esta labor creativa.

Quizá esa verdadera unión entre colegas ahora sí puede ser posible.

Señores de “Aquí nos vemos”, ¿Dónde nos vemos?


Video para la reflexión:




Para leer el artículo y los comentarios visite: http://cineclublosojos.blogspot.com/2011/05/chia-ciudad-de-inundaciones-y-de-poetas.html

martes, 24 de mayo de 2011

CHÍA: CIUDAD DE INUNDACIONES Y DE POETAS EN LIMOSINA



Santiago Pérez J.

Una limosina llama la atención en cualquier parte. Siempre despertará curiosidad saber quién desciende de un vehículo de esas características y en pleno parque principal de Chía. No fue mayor mi asombro (¡y mi decepción!), cuando del coche y en medio de los aplausos de unos pocos, se bajó un abundante número de estrellas: Las estrellas de la poesía. Allá fueron a ubicarse en medio de las butacas a leer sus poemas. Eran los “Protagonistas de novela”, eran las vedettes literarias que compartían con el pueblo; los patricios se confundían con la plebe…

Si fue una estrategia mediática para el evento ¿Cualquier estrategia sirve promocionar un “festival”? Si fue un homenaje al oficio literario o un ejercicio simbólico para confrontar a la audiencia, fue un error equiparable sólo con la decepción que en la mayoría, y a pesar de los aplausos, causó esta “llegada triunfal”. Si no fue ni lo uno ni lo otro, entonces ¿Qué sentido tenía descargar de una limosina apretados poetas en medio de una plaza pública?

No hay que ser un avezado analista de la realidad cultural para inferir que la literatura no ocupó el lugar que se merece dentro de los planes gubernamentales de la actual administración. La dirección de cultura “liderada” por la persona de las “calidades humanas e intelectuales” que conocemos, se limitó a acabar con muchas iniciativas entre otras, con los talleres y cursos existentes de creación literaria, con las horas del cuento y con la inversión en material bibliográfico que a duras penas se hacía. Muchas o pocas, estas actividades ofrecían un espacio de creación y unión alrededor del arte de las letras.

En la actualidad, la literatura fue tomada por dicha funcionaria, como un subproducto usado para soportar la mal llamada pluralidad de espectáculos y el apoyo desinteresado que supuestamente ofrece la Casa de la Cultura de Chía a los grupos locales. Sin duda, la literatura ha sido un relleno más, donde la mayor tajada presupuestal se lo lleva la música y un sinfín de festivaletes que ni siquiera honran la etimología de dicha palabra (Del Latín “Festivus”: Alegre, gozoso, solemne), y que sí pasan con mucha pena y poca gloria por la memoria de los habitantes de Chía.

Sin embargo, entrar a discutir la metodología y los criterios de selección, la inversión presupuestal, los programas y actividades ofrecidos por la subsecretaría de cultura, y que dependen exclusivamente de la voluntad de una funcionaria, sería redundar en lo expresado en otros artículos (Hace muchos años lo estoy diciendo). Eso sí, es evidente que usó sus influencias para, inmune a las críticas, hacer lo que se le antojara con la cultura y el arte local.

Ahora bien, lo que sí me mueve, esta vez a raíz del fastuoso vehículo, es el papel de los artistas del municipio. No creo en particular, que los poetas de la ciudad de la Luna necesiten el “buen trato” de subirlos a una limosina y para ¡transportarlos una cuadra! Una verdadera muestra de afecto hacia su profesión hubiese sido más conmovedora si se les regala un libro o si se publican sus textos en una buena edición de memorias; pero subirlos en una limosina para ser observados como peces en un acuario dista mucho de lo que verdaderamente aspira un poeta o de lo que puede llegar a ser un homenaje. Como artista me hubiera rehusado a participar de ese “recorrido espectacular” calificado incluso de “pretencioso” por una de las poetas invitadas.

Más grave aún es el contexto histórico particular que atraviesa nuestra ciudad. Chía en la actualidad se debate en una coyuntura política como ninguna otra, en donde las falsas promesas son el pan de cada día y los candidatos a futuros cargos se alimentan del deseo de los habitantes por una mejor ciudad. Es claro que los movimientos o acciones que lideren los artistas deberán aceptar implícitamente esta realidad social que atravesamos. Su obra indiscutiblemente debe estar salpicada de esa conciencia social y esa sensibilidad a flor de piel de la que se vanagloria un artista.

Trascender, romper el molde, agitar consciencias y no vivir en función de una nueva dominación para alcanzar la liberación estética, social e intelectual (Léase a Glauber Rocha en “La estética de la violencia”). De dónde saldrán nuestras creaciones si no de la realidad que día a día nos agobia con corrupción, el absurdo, las prebendas y los sueños robados por aquellos en quienes creíamos.

Queremos liberarnos de ese pasado traumático, pero sólo temporalmente. En el fondo queremos ser ese “otro”: poderoso, colonizador y opulento; ese que desea desde su arribismo, un triunfo individual o una imagen omnipotente de santo padre que desde su grandeza ayuda a los otros y niega su pasado de pobreza (estética, social e intelectual).

Pero… ¿Este fue el mensaje que recibimos los incautos espectadores? Mientras la ciudad se ahoga en su propia pez y en sus propios desaciertos (no sólo los invernales), los artistas, los encargados de poner el dedo en la llaga con sus creaciones, arriban a un evento poético en una limosina negra de vidrios polarizados como las estrellas que algún día quisieran ser. ¿Han trascendido, se han superado, han alcanzado sus sueños de pobre subiéndose a ese vehículo?

Sigue persiguiéndonos ese pasado “traquetoide” de ostentar poder y lujo por encima de quien sea. Nuestros modelos de comportamiento se alejan más de lo que somos y se suman a una cadena de actitudes e imágenes que sólo cabrían en el mundo absurdo de la fantasía literaria, pero que subsisten paradójicamente entre los mismos artistas. No es una posición patriótica de defender lo autóctono y privilegiar lo nuestro; es la necesidad de construir desde la realidad, desde la diferencia y sobre los errores. No es calcando soluciones ajenas a nuestra situación como saldremos de este atolladero. Déjenle a Hollywood las limosinas, los trajes de diseñador y los paparazzi, muchos de nosotros no soñamos con las adopciones, las curvas y los millones de Angelina Jolie como un referente estético, social o intelectual.

Esa estética de lo opulento puede entenderse no sólo en el delincuente ignorante que a toda costa ha cumplido sus sueños desde lo irracional de la violencia sino también en el ciudadano común que vive en un país que no se apropia de la educación y la cultura como herramientas suficientes para fortalecer el carácter de sus habitantes. Por el contrario, es un país que educa a través de la TV y sus “ejemplarizantes” historias de vida: Narcos, corrupción, bikinis, transparencias y alfombras rojas son el pan de cada día para una sociedad que trastoca sus necesidades y modelos gracias al papel educador de la farándula criolla. ¿No es ahí donde debe aparecer triunfante el artista (no en limosinas), con su discurso, con nuevas miradas críticas y estéticas acerca del mundo en el que nos ha tocado vivir?

Ahora es el turno de los artistas que ceñidos a la moda farandulera (la de las boinas, las bufandas, los sombreritos y los abrigos), se consideran importantes y más que los demás. Quienes deberían cuestionar esos estándares o esos modelos de comportamiento, más bien se dedican a usarlos con solaz y en su propio beneficio. Ahora más que de artistas de limosina, el mundo y en particular nuestra ciudad, necesita de artistas de oficio, con un alto de sentido de la responsabilidad social y de la trascendencia de sus acciones. Verdaderos artistas que desde su trabajo y quehacer diario cuestionen el mundo al que se enfrentan día a día, sin la obligación de una creación panfletaria, pero sí con el deber de concebir una obra de arte nacida desde su más profunda condición de latinoamericano.

La responsabilidad no es exclusiva de los burócratas, ellos son de paso. Quienes seguiremos ganándonos la vida con nuestro oficio insistiremos en las bondades del arte y la cultura, pero no a cualquier precio. No estamos buscando una oportunidad, nuestro trabajo habla por sí sólo. La responsabilidad también recae sobre nosotros mismos pues no podemos seguir prestándonos para un juego que se volvió contagioso: hacer por hacer cuando se pueda. Todo lo contrario, hay que hacer bien siempre, con responsabilidad y compromiso. No bastan las buenas intenciones o si no ¿para dónde va la cultura de Chía si seguimos actuando así?

Como dijo uno de los presentadores en el festival de poesía: —El país está jodido. Estamos jodidos —Ahora que lo pienso mejor, estoy totalmente de acuerdo con él: En Chía estamos jodidos.



martes, 17 de mayo de 2011

LA DOCTRINA DEL PERRO




Nos comportamos como animales. Somos aborreciblemente salvajes. Nuestro “instinto” es incluso más feral e inhumano que las mal llamadas bestias salvajes. Aunque para solucionar tamaña imperfección aparece el poderoso: el profesor, el padre, el sacerdote, el jefe, el político... Ahí están ellos para detentar el poder. Para amarrarlo a sus caprichosos vaivenes y hacer con el resto (con nosotros), lo que les dé la gana.

Esto es Kynodontas. Un ejemplo de cómo esas relaciones de poder pueden lograr cualquier objetivo, hasta el más oscuro o terrorífico. Un padre (macho y omnipotente) decide mantener a sus hijos inocentemente cautivos en su casa, bajo la sumisa anuencia de su esposa. Para ellos los aviones son juguetes, el “mar” es una silla, “rifle” un pájaro blanco. Un experimento disparatado del padre y un adoctrinamiento efectivo como muchos de los que conocemos.

Sin embargo, los ahora jóvenes, comienzan a desarrollar las inquietudes sexuales e intelectuales propias de su edad… y ahí está el doliente padre para ayudarlos. Una mujer contratada para calmar los incontenibles deseos del hijo varón digno heredero de su estirpe, llega a la mítica “casa-caverna” para considerarse como el punto de partida a tan intrigante desenfreno cinematográfico: la historia extraña y bien intencionada de criar y crear jóvenes al antojo de un padre mezquino y sobreprotector, conduce a la tragedia salvaje que sólo estos perritos pueden contar. Unos animalitos hechos a imagen y semejanza de sus poderosos amos.

¿Quién manda? ¿Quién obedece? ¿De qué lado queremos estar?

NOTA: Ha visto ud. cine griego últimamente... Si no es así, lo esperamos en el RESTAURANTE BAR Y GALERÍA LAS PUERTAS este JUEVES a las 6 y 30 PM (Entrada Gratis).




miércoles, 11 de mayo de 2011

¿KINSKI ERA UN INSOPORTABLE?


Este asunto de ver cine me genera miedos; reservas acerca de cuál o tal película programo. Como lo vengo diciendo desde que iniciamos esta nueva aventura en Las Puertas: vamos a proyectar lo que no hemos visto, lo que no nos deslumbre pero sí, que valga la pena.

Intenta uno ver y ver filmes aunque el tiempo no rinda. En dvd, online, prestados y recomendados. Pero no hay tiempo ni cabeza que aguante. Y ahí van llegando las películas. Una tras otra y por referencias menos comunes que la internet. Quizás no tan buenas o tan profundas tan claves para la historia del cine... En fin, sólo dan ganas de mostrarlas...

Así, casualmente, llegó a mi vida y al cine club, el documental de este jueves: "Mi enemigo íntimo" de Werner Herzog (MAÑANA JUEVES EN "LAS PUERTAS"). No llegó por los canales académicos sobre el nuevo cine alemán o por referencias permanentes sobre uno de los más importantes directores contemporáneos. Llegó al leer una revista (El malpensante) y más exactamente una ameno relato titulado: "La ira de Dios: recuerdos de Klaus Kinski en Kolombia" escrito por Sandro Romero. Así conocí de la existencia del documental en mención y más aún, despertó en mí la necesidad de conocer intimidades de esta dupla particular de artistas. De amigos-enemigos.

Les dejó un fragmento del artículo y el link, para que se diviertan como yo, con las anécdotas entre los ídolos y los hombres del caliwood. Con la lectura del texto será más interesante la proyección de la película de mañana... ¡Y también sabremos si en realidad Kinski era un hijueputa!!!


(El malpensante - mayo 2008)

La ira de Dios

Recuerdos de Klaus Kinski en Kolombia

En 1986, una parte del film Cobra Verde fue rodada en Colombia. El protagonista de la película era un actor tan extraordinario como hijueputa; un gigante perverso y brutal que asolaba el set entre insultos y golpes. Su nombre, Klaus Kinski. Entre las incontables víctimas de sus atropellos, el director era una de las preferidas. Sandro Romero Rey, también víctima, recoge los escombros del paso del iracundo genio alemán y arma con ellos esta turbulenta memoria.

La ira de dios

Señales de vida

Para todos los que terminamos apasionándonos por el cine en los años setenta, las películas de Werner Herzog eran el territorio de la fascinación. Creo que nadie permaneció indiferente cuando llegó a nuestras pantallas la escalofriante versión de la Conquista en Aguirre, der Zorn Gottes (1972), donde un alucinado actor alemán (aún no sabíamos de nombres ni jugábamos a la caza de citas) musitaba en la mitad de la jungla, rodeado por la soledad y los micos: “Haremos historia, como otros han hecho obras de teatro”. Poco tiempo pasaría hasta que yo me pusiera a hacer asociaciones: el rubio actor de la mirada insomne era el mismo al que le encendían un fósforo en la joroba en Por unos dólares más, el inolvidable spaghetti western de Sergio Leone de 1965. El actor (rubio, o mejor, mono, demoníaco, alucinado) se llamaba Klaus Kinski.

Los años pasaron y los films de Werner Herzog se multiplicaron: vi Kaspar Hauser y Fata Morgana, vi También los enanos comenzaron pequeños y Señales de vida. En todos ellos estaba la imagen de un director que corría grandes riesgos. Grandes riesgos creativos pero, sobre todo, grandes riesgos con la vida. La vida y los límites con la muerte eran una sola cosa para Herzog. Este sentimiento lo confirmamos al ver el primer documental que se hizo sobre su obra, en el que un desquiciado Klaus Kinski insultaba sin contemplaciones a su director, llamándolo “director de enanos”. Herzog oía impasible la grabación y sonreía con cierta nostalgia. Cuando la voz de Kinski se apagaba, Herzog comentaba: “Y allí, cuando Klaus estaba completamente fuera de sí, era el momento escogido para empezar a rodar las escenas de Aguirre. Herzog había nacido en 1942 y Kinski en 1926. Cuando el joven director de 28 años decidió escogerlo para protagonizar su aventura en la selva amazónica peruana, Kinski era una estrella de incontables películas de todo tipo, en las que su figura se destacaba mucho más que los resultados de los filmes. El hecho de que Herzog pudiese contar con una star para la aventura de la realización de su Lope de Aguirre era un peligroso privilegio. Kinski nunca se acostumbró a la idea y jugó a hacerle la vida imposible a su director, de tal suerte que el amor y el odio se conjugaron de una manera visceral en los resultados de su ira. El coctel, sin embargo, resultó perfecto. Sin ánimo de equivocarme, creo que la mejor película existente sobre la conquista española en América es Aguirre, la ira de Dios, mientras no se compruebe lo contrario. Gracias a Kinski pero gracias, sobre todo, a esa vocación masoquista que consiguió Werner Herzog en sus imágenes, donde no había truco posible: la aventura de la filmación era la aventura de lo filmado. La aventura de los conquistadores era la aventura de Werner Herzog. Lope de Aguirre era Klaus Kinski. Y la música inolvidable del grupo alemán Popol-Vuh era la música de Dios que, seguramente, acompañó a los desquiciados españoles en medio de las selvas americanas.

Los años pasaron y el gusto por las películas de Werner Herzog se mantuvo intacto. Buscábamos sus títulos como fuera, porque a través de los circuitos comerciales nunca llegaron, salvo Nosferatu, el elegante remake del clásico de F. W. Murnau. Por nuestras pantallas apareció Corazón de cristal donde, según la leyenda, había participado un colombiano y en la que, supuestamente, todos los actores estaban hipnotizados. Gozamos con la Norteamérica de Stroszek y con la bella Isabelle Adjani en el citado filme de vampiros. Nos conmovimos con El país del silencio y la oscuridad y El éxtasis del tallador Steiner. Hasta que llegó Fitzcarraldo y otra vez el mundo se midió a otro precio. Había en Aguirre y en Fitzcarraldo la misma sensación que se tenía con las películas mexicanas de Buñuel: un europeo que corría el riesgo de quemar sus naves, con tal de interpretar a fondo el enigma latinoamericano. De nuevo, con Fitzcarraldo volvió la aventura de un rodaje que comenzó con Jason Robards y acabó con Klaus Kinski, que comenzó con Mick Jagger y terminó sin piedras rodantes. Una película de dimensiones totales, en la que se contaba la historia de un enloquecido soñador que decide llevar la ópera a la selva y termina haciendo cruzar un barco por encima de los árboles. Toda la gesta de su realización la disfruté fascinado gracias a Les Blank (el mismo director que había filmado a Herzog comiéndose un zapato) y su documental titulado Burden of Dreams (1982), donde volví a comprobar que la realidad, para el recio Werner, seguía siendo tan arriesgada y peligrosa como los sueños de la ficción. A mediados de los ochenta le perdí la pista a Herzog y llegué a pensar que se lo habían devorado los extraterrestres. Luego supe que había hecho una película en Nicaragua y que se había peleado con los sandinistas. Que había filmado en Australia, en fin. Pero será mejor darle paso a nuestra historia.

No me acuerdo muy bien cómo empezó todo, pero creo que el asunto se dio gracias al inmarcesible Salvo Basile. Para los que no lo conocen, Salvo Basile es un inmenso y adorable italiano que llegó a Colombia en los años sesenta, para la filmación de la película Queimada! de Gillo Pontecorvo, protagonizada por Marlon Brando. Se enamoró de Cartagena y de Jacqueline Lemaitre y se quedó entre nosotros para siempre. La filmografía de Salvo es más extensa que la de Griffith, y todo lo que ha pasado por el celuloide de extranjeros en Colombia ha pasado por sus manos de filibustero. Quien les escribe, por su parte, había nacido y vivía en Cali. Tenía 27 años y no me había suicidado. Las fechas se me confunden, pero estoy seguro de que los años dorados del llamado Cali-wood estaban en todo su esplendor. Yo había trabajado con Carlos Mayolo en La mansión de Araucaíma como asistente de dirección y nos sumergíamos en nuevas aventuras de celuloide. Hasta que, como caído del cielo, llegó Herzog a la capital del Valle. Hay una foto por ahí revoloteando en la que estamos Mayolo, Luis Ospina, el director alemán y quien les escribe, sonrientes, en una habitación del Hotel Intercontinental. Con Herzog fuimos a comer al restaurante Los Turcos. La misma noche de su llegada, nos contó la historia de Cobra Verde, la película que quería filmar en África y en Suramérica. No recuerdo las razones por las que había escogido a Colombia, puesto que la historia, en realidad, sucedía en Brasil. El hecho es que Werner Herzog estaba entre nosotros y había que ponerse a su entera disposición, porque cómo no. Después de la comida quiso ver fragmentos de algunas películas recientes colombianas. No había dormido, pero se quedó recostado, en la cama de Luis Ospina, mirando fragmentos, hasta que vio el inicio de La mansión de Araucaíma. De repente, se incorporó: quería ver la película completa. Se la pasamos. Eran los tiempos del Betamax. Cuando terminó, sonrió satisfecho y dijo: “Quiero el cuadro que aparece en los créditos. Y me encantaría que Mayolo hiciera un personaje en Cobra Verde”. También se entusiasmó con Mr. Fly, el protagonista de setenta años de Pura sangre. Herzog se fue de Cali y el flechazo ya estaba hecho.

Pocos días después supimos que los fragmentos colombianos de Cobra Verde se filmarían en Villa de Leyva, en Cartagena y en una hacienda azucarera del Valle del Cauca. Gracias a Salvo Basile se organizó “el cartel de Cali”, en el que trabajaríamos Miguel González y Karen Lamassonne en la dirección de arte y quien les escribe como asistente de dirección. Salvo (Basile) desapareció en los laberintos de sus propias aventuras y nos dejó como contacto directo al productor U. El guión de la película era un tratado de poesía pero uno no podía saber, a ciencia cierta, cómo iba a ser filmado. Años después vine a saber que estaba inspirado en el libro El virrey de Ouidah de Bruce Chatwin, escritor de viajes inglés muerto de la enfermedad de nuestros tiempos en 1989. El trabajo comenzó sin pérdida de tiempo. Una vez firmado el contrato había una serie de tareas muy concretas, entre las que se combinaba la consecución de las locaciones, la contratación de doscientos corteros de caña de azúcar, la búsqueda de un extra negro y manco, un violonchelo, una garza, otros animales exóticos y cientos de necesidades de color local. Pero el asunto se fue complicando con el paso de los días, cuando se supo que el protagonista de la cinta iba a ser de nuevo Klaus Kinski. Sí. De nuevo. El actor había sido el rostro de cuatro películas ya clásicas de Werner Herzog y, de muchas maneras, el uno se había hecho gracias al otro. Aguirre, Fitzcarraldo, Nosferatu y Woyzeck eran Herzog y eran lo mejor de Klaus Kinski. Pero por todas partes se rumoraba que el actor no se soportaba al director y que ambos habían decidido cancelar la colaboración. Sin embargo, no fue así. La película se empezó a filmar en Ghana, con Kinski en el rol de Francisco Manoel da Silva y, después de dos meses, toda la tropa estaría en Colombia.

Mayolo practicaba sus parlamentos en inglés con la colaboración de su novia Joyce Lamassonne, Miguel González conseguía el Museo de la Caña, Karen Lamassonne se encargaba de ponerse de acuerdo con la vestuarista Rosario Lozano quien, a su vez, peleaba a gritos en un alemán inventado con la histérica jefe de trajes llamada Gisela Storch. De un momento a otro, Salvo Basile, nuestro polo a tierra, se fue para África a domar a Kinski y los colombianos nos quedamos a órdenes telefónicas del productor U. Pronto nos dimos cuenta de que nuestro trabajo no sólo necesitaba controlar los detalles de lo que se vería en pantalla sino, sobre todo, de lo que estaba detrás de ella. Y lo que estaba detrás de ella se llamaba Kinski. Cada cierto tiempo nos llegaban las leyendas: Kinski se acostaba todas las noches con tres negras distintas. Kinski había asesinado un caballo con su mirada. Kinski dirigía la película. Kinski odiaba a todo el mundo. Kinski asesinaba un asistente de cámara cada dos días. Había que prepararse. Había que alquilarle un apartamento especial, para que destrozase todo lo que se encontrase a su paso. Conseguimos el penthouse de la Torre de Cali. Se necesitaba un carro con chofer sólo para él. Se consiguió un Cadillac último modelo, con un conductor de sumisión asesina. Yo había conseguido mi ejército de corteros de caña de azúcar y, para mi protección, me apoyaba en el temible Azcárate, conocido como “El Enmaletado”. El tiempo se redujo y, cuando menos pensábamos, nos cayó encima todo el escaparate de Cobra Verde.

Continua

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